Microliteratura

Posts Tagged ‘Juanfran Molina’

La estación de servicio

En Relato breve el 03/06/2013 a las 9:01 pm

En la parte de atrás de la estación de servicio la vida transcurre más lenta y rara. El tiempo se vuelve remiso y dubitativo. Es como una tregua concedida con desinterés; un refugio de todo al aire libre, donde las miradas se vuelven ferruginoso bostezo y no distinguen nada. Aparco allí y me siento en mitad de una fuga. Cierro los ojos, trato de hacerme un ovillo y me traslado a cualquier momento pasado en otra parte de atrás  de mi existencia, protegido por silencios cargados de rumores y olor a expectativas estancadas.

Mientras los padres duermen en el coche de al lado, los niños, mostrando levemente sus lenguas por entre una sonrisa pícara, rompen botellines vacíos de cerveza: uno contra otro, otro, otro…. Ese ruido marca casi con exactitud el paso de los minutos bajo el sol de julio.

Banderas

En Poesía breve el 15/04/2013 a las 9:07 pm

Ojos tristes por encima de los cafés
se deleitan calculando un desastre
salivado con emoción y amargura.
Lamen el escalofrío
de un tiempo moribundo
que jamás fenece,
que es roña televisiva en los oídos.
Tras la llave dormita una sala de espera
a ninguna parte
desde la que saltar
bajo el viento del inquietante ondear
de una bandera
mustia como un caballo asfixiado.

Lunes

En Poesía breve el 18/03/2013 a las 11:30 pm

Reunión rutinaria de subjefes
ante mi corazón abierto:
ellos me humillarán,
yo te humillaré a ti.
Crac a la esperanza.
¿Eres de madera? Madera arde.
Sudor seco y lenguas rotas en trajes
que huelen a espera
sobre cuerpos desactivados,
brillando como lagartijas en huida
tras otra oportunidad perdida.
Y, buscando tu momento,
llegarás rodando al domingo,
ese cristal lleno de sol
que nunca acaba de romperse.
Si abres bien la boca volará una paloma
y vomitarás el lunes.

Locura

En Relato breve el 25/02/2013 a las 6:33 pm

El día que se alborotó el cabello en plena calle, tamborileó con sus dedos en cualquier superficie, gesticuló mientras discutía consigo mismo a buena voz, rió sin venir a cuento moviendo la cabeza de lado a lado, sonrió a los transeúntes girando robóticamente su cuerpo, pidió cigarrillos a discreción que unos metros más adelante destrozaba entre sus grandes manos, cambió caprichosamente de sentido y dirección mientras caminaba, saltó un seto, saltó donde no había nada y cayó carcajeándose al suelo, caminó meditabundo por el centro de la calzada, dedicó una canción desentonada a los viajeros del autobús y miró fijamente objetos que sólo él veía; lo hizo porque le embargó la irresistible sensación de que todo, todo, era posible a partir de ese momento.

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