Microliteratura

Posts Tagged ‘Juan Manuel Parada’

Beso creativo

En Relato breve el 17/06/2013 a las 10:15 pm

A Gabriel Jiménez Emán, el escritor de los cuentos perdidos.

Un par de labios llegan a un bar a tomar una copa de vino y encuentran a otros labios con quienes beben hasta la ebriedad. Una pareja coincide, en la entrada de ese bar, con el mismo propósito de embriagarse; pero no tenían labios y estaba prohibido pasar sin ellos.

—No pueden venir sin labios —dijo el portero, cortante—. Aunque vi en la barra unos que podrían acompañarles.

La pareja se mira con ojos de «encontramos nuestros labios», pero no lograron reconocerlos cuando les vieron aparecer, todos ebrios y morados. No les quedó más remedio que resignarse a los besos tristes: sin vino y sin labios; mientras ellos, los labios, hicieron el amor sin cuerpo con el uso de la lengua, es decir, con las palabras.

La voz perdida de un joven poeta

En Relato breve el 27/01/2013 a las 9:45 pm

El maestro le dijo:

—Si deseas ser poeta debes hallar tu voz.

El joven sacerdote buscó en cada rincón donde antes se había hincado a rezar sus letanías; pero no fue allí donde encontró su voz, esta vagaba en los oídos de aquellas a quienes susurró palabras de amor y algunas frases obscenas.

Relato de un cuento

En Relato breve el 01/07/2012 a las 11:23 pm

Desde que se cerró sobre sí mismo, siguiendo el método de Poe, se creyó magistral. Pretencioso, ignoraba que las leyes en la vida real son más absurdas que en la ficción; y lo entendió demasiado tarde. Despechado, fue a ese bar donde al mesero no le caían bien los de su género, por conflictivos.

—¿Es usted un cuento? –preguntó el mesero, botella en mano.

—Eso pensé, ahora lo dudo —respondió explicando cómo le rechazaron en cinco certámenes literarios.

—Veían mis tres páginas de extensión y directo al basurero. «Demasiado largo», decían unos. «Muy breve», gruñían otros.

El mesero por fin entendió la extravagancia de esos seres llenos de contradicciones. Feliz de saberse mesero, de no haber dudado nunca de su exacta medida y ocupación, se ajustó el delantal y llenó su copa, con un gesto de triunfo cruzándole el rostro.

El secuestrador de cuentos

En Relato breve el 10/06/2012 a las 9:01 pm

Abrió su libro y notó la ausencia de ese relato. Había escuchado rumores del secuestrador de cuentos, pero nunca imaginó que le tocaría.

La voz aguda al otro lado del teléfono le hizo imaginar al hombre que ocultaba los ojos tras un sombrero.

—¿Cómo sé que vive aún?

El hombre, con voz de personaje maligno, le leyó un fragmento.

El escritor suspiró de alegría, pero ansioso por la suerte que pudiera correr su cuento si éste le suprimiera una frase o cambiara el final, le preguntó qué quería, dispuesto a recuperar su relato.

El secuestrador hizo un larguísimo silencio. Sólo se oía el rumor de la brisa y el rugir de la ciudad.

—Una novela.

El escritor, mejor dicho, el cuentista, consciente de su incapacidad para escribir largo, dejó caer el teléfono y soltó un corto suspiro.

Encuentro peligroso

En Relato breve el 27/05/2012 a las 8:23 pm

Un cuento y un microcuento coincidieron en un bar. Caso terrible si consideramos lo conflictivo de uno y lo abrupto del otro. El mesero les sirvió sus rones, tembloroso, y huyó tras la barra. El duelo sería violento y, como dicen los campesinos, «cuando se mata un cuento se mata a todos los cuentos».

Un crítico, que alguna vez se embriagó, asegura que el problema surge cuando un editor los compila en el mismo volumen.

Cinco rones después, cuando cada uno desenfundaba el más eficaz de sus argumentos para destruir al otro, apareció un hombre barbudo, cabello sobre los hombros, en harapos, y los miró con tanta ternura que les hizo temblar de miedo. Sólo así se evitó la extinción de ambos. El mesero dice que fue Jesús; pero el crítico, como buen ateo, asegura que fue Quiroga.

Sueños y sospechas

En Relato breve el 15/04/2012 a las 8:43 pm

Soñó que su esposa soñaba con otro. Ella sospechó que él sospechaba de su aventura y tomó ciertas precauciones. Fijó una hora en la que a él le fuera imposible dejar la oficina para vigilarla y citó al amante en esa ciudad a la que su esposo no iría porque la odiaba.

Aún así, el hombre abrió la puerta del hotel y los encontró.

«¡Si te me acercas, despierto!», dijo la mujer con ese tono decidido que tienen todas las mujeres cuando ya no aman. El hombre, aterrado por la sola idea de quedar atrapado en el sueño de una ciudad tan fea y, peor aún, la descarga que le daría el jefe por ausentarse de la oficina, retrocedió sumiso y volvió a su sueño; total, es sólo un sueño, y se acurrucó en la almohada.

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