Microliteratura

Posts Tagged ‘Adriana Reid’

Cuentan las palabras

En Poesía breve el 20/05/2012 a las 8:47 pm

Quién cuenta las palabras cuántas son cuáles todas las que quedan sin decir cuáles las que nos pronuncian quién recuerda ahora lo que leía a mi abuelo en su lecho de muerte sabe Sabines que me encanta dios lo acompañó a morir sabe alguien, él, recuerdo yo lo que musitaba cuando agónico saben las palabras contarse recordarse recortarse reencontrarse en una boca, cuando dijeron amor cuando dijeron irse y volvieron saben el poema de la infancia el poema de amor saben las palabras del contestatario del discurso del líder saben de la educadora del niño balbucean. Quién cuenta las palabras, qué nos cuentan si callamos.

Silencio

En Poesía breve el 11/03/2012 a las 11:16 pm

No sabe la llama de cenizas
cuando todo se ha ido
cuando no hay más hoguera
ni tu voz crepitando.

No sabe el beso de futuro
si no delínea tu boca.

Olvidó la ventana el paisaje
cuando cerraste los ojos.

Olvidó el barco el naufragio

y la playa.

No sabe la isla de bahías
porque olvidaste el camino

Porque tu voz no vuelve

no vuelven tus manos.

Y ardemos entonces

para reforestar la tierra y la carne
para reinventar la noche en llamas

Para amanecer hechos agua y retoño.
Sabemos entonces
que el silencio del fuego  es solo un grito abrumador.
Callamos, sí,
y las llamas nos devoran por dentro.
Somos fuego consumado.
Ceniza.

Pequeños placeres

En Poesía breve el 21/11/2010 a las 6:12 pm

No te nombro

(No aún)

Tu nombre es risa

Sonrisa apenas

Tu nombre es fuego.

Un fuego antiguo

que calla

que mora

que tiembla

Tu nombre

De nube

Y de cielo.

Tu nombre es hogar

y mortaja.

Tu nombre contiene

Mis manos secas

Mis ojos tristes

Y el placer infame

pequeño

de ser mío

si te nombro.

La hoja en blanco

En Cuentos de la Tuitah, Relato breve el 02/11/2010 a las 1:08 am

Miró con temor la página en blanco sin sospechar que era la página quien lo miraba. Se burlaba de él sabiendo que —aun cuando fuera capaz de vencer esas primeras letras, esas palabras y líneas iniciales— lo esperaban todavía cientos y cientos de otras como ella, igualitas, cándidas, blancas.

Él escribía, pero la página en blanco lo obligaba a borrar: a mantenerla pura, inmaculada. El escritor desesperaba en el intento de comenzar sólo para volver a borrar. Desesperado clavó su pluma fuente en la yugular. Su obra maestra. Su obra póstuma escrita con sangre. Una elegía. Su epitafio.

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